Su
nombre original era Antonio Manuel Río Vilas. Adoptaría el de Fray
Antonio de Lugo en la Orden de San Jerónimo, acogiéndose a una venerable
tradición de ésta: con él sería habitualmente conocido y firmaría
todos sus escritos (en ocasiones también lo hizo como “Un monje jerónimo”).
Había
nacido en Lugo el 13 de junio de 1918 como tercer hijo del matrimonio
de Ángel Río Salazar, teniente de Infantería, y de Matilde Vilas,
con quien se había casado en segundas nupcias, después de enviudar
de su primera esposa. Dos hijos habían nacido del primer matrimonio
y serían siete los del segundo, existiendo en todo momento entre ellos
muy buena relación de hermanos.
Antonio
Manuel siempre guardaría un hondo afecto a su Galicia natal, en la
que vivió hasta que el padre fue destinado a África. En 1931,
la familia marchó a Madrid para que los hijos pudieran dedicarse
mejor a sus estudios. Fue entonces cuando el padre obtuvo el retiro
del Ejército y pasó a trabajar en las mantequillas Arias, con cuyo
propietario estaba emparentado.
Desde
joven se hizo notoria su inquietud por los temas religiosos y se inscribió
en Acción Católica. También mostró gran deseo de trabajar como periodista
y se matriculó en la Escuela de Periodismo de El Debate, que
había fundado D. Ángel Herrera Oria, con quien trabaría relación
y la incrementaría tras la guerra. Por entonces tuvo una relación
de noviazgo con una chica.
Al
producirse el Alzamiento Nacional del 18 de julio de 1936, el padre
fue apresado por los milicianos frentepopulistas con el fin de asesinarle.
Sin embargo, gracias a la intervención de una cuñada comunista (la
única de ideas izquierdistas en la familia), hermana de su esposa,
y de un amigo que se jugó la vida, pudo librarse del “paseo” que
querían darle y de la segura muerte y fue así finalmente encarcelado
sin perder la vida, pasando en prisión los tres años de la contienda.
La condición militar, abundante en la familia (dos tíos, por ejemplo,
eran coroneles de la Guardia Civil), suponía un elemento de sospecha
para los milicianos.
Antonio
Manuel fue llamado a filas por el Ejército republicano y se incorporó
a él. En aquel Madrid rojo, asistía con algunos familiares a la Misa
clandestina que celebraba un sacerdote escondido en una casa. No queriendo
combatir a las tropas del bando nacional con el cual se identificaba,
logró ser retirado a un hospital. Al cabo de cierto tiempo, los médicos,
afines en ideas, le advirtieron que se veían obligados a darle de alta,
pues los otros enfermos comenzaban a sospechar de él; en efecto, un
compañero anarquista de planta casi lo descubrió: habían hecho buena
relación -Fray Antonio recordaba que era persona de buen fondo-,
pero en una ocasión comenzó a arremeter verbalmente contra los “curas,
frailes y monjas”, y él intervino en defensa de éstos, con lo cual
quedó ya prácticamente manifiesta su posición.
En
consecuencia, se le dio de inmediato el alta y conoció a continuación
una serie de peripecias: en cierto momento logró marchar a Valencia
con un hermano y otra hermana, pues su tía comunista obtuvo un destino
en Valencia y los llevó consigo para sacarlos de Madrid. Pero después
volvieron a Madrid mediante un chófer que les trajera, simulando ser
repartidores de prensa roja.
Antonio
Manuel estuvo también preso en una cheka madrileña, pero pudo
escapar cuando iba ya camino de ser ejecutado. En el interrogatorio
que se le había hecho, pudo ir solventando todas las preguntas con
éxito y logrando superar con habilidad -y sin incurrir en la mentira-
las sospechas que sobre él recaían en relación principalmente con
su familia. No obstante, llegada la cuestión clave, afirmó la verdad
de forma contundente: “¿Es usted católico?” “Sí, soy católico”.
Esto significaba de hecho la condena inmediata a muerte. Pero pudo salvar
su vida de milagro, junto con algún otro, huyendo en un momento de
desconcierto de los milicianos. Luego consiguió unirse a la Falange
clandestina y vincularse a la “quinta columna” nacional que operaba
en la ciudad, con enorme riesgo de su vida.
En
1939, casi justo al término de la Guerra, advirtió la vocación
al sacerdocio e ingresó en el Seminario diocesano de Madrid. Pero
allí mismo sintió la llamada a una vida de oración más intensa y
a un apostolado universal desde lo escondido. Tuvo noticia de la restauración
de la antigua Orden de San Jerónimo en el monasterio de Santa María
de El Parral (Segovia). En este lugar se había iniciado tal tarea en
1925, principalmente de la mano de un sacerdote natural de Guadalajara,
Fray Manuel de la Sagrada Familia, quien moriría martirialmente en
Paracuellos en 1936 y cuya causa de beatificación está en marcha.
Antonio Manuel entró en El Parral el 26 de febrero de 1941 (Miércoles
de Ceniza aquel año), uniéndose él y algunos jóvenes a los cuatro
hermanos legos que quedaban de aquella primera fase de la restauración
previa a la guerra. Se constituyó así en poco tiempo un grupo de jóvenes
vocaciones y el 29 de junio siguiente, festividad de San Pedro y San
Pablo, el Nuncio de la Santa Sede en España les impuso el hábito jerónimo.
El 29 de junio de 1946, junto con otros ocho monjes, recibió la ordenación
sacerdotal.
Pese
a los buenos auspicios, se produjo una crisis en el seno de la comunidad,
que terminó de saltar el 1 de noviembre del mismo año 1946 y que quizá
es pronto para dar a conocer con detalle. Fray Antonio de Lugo, pese
a su resistencia a aceptar el cargo, fue designado nuevo prior del monasterio
para resolverla: lo asumió incluso en virtud de santa obediencia. No
sólo hubo de determinar la salida de algunos religiosos, sino también
afrontar una gravísima situación económica, llevando en silencio
sobre sí aquella carga pesada y dolorosa.
Con
gran entusiasmo se reemprendió el camino bebiendo de las antiguas
fuentes jerónimas y acentuando la vida espiritual. Desde este período,
trabó cada vez mayor relación con destacados prelados españoles,
que le mostraron siempre su apoyo: D. Ángel Herrera Oria, D. Casimiro
Morcillo, D. José María García Lahiguera… y en los años siguientes
con otros que le manifestaron igualmente su auxilio: D. Marcelo González,
D. José María Bueno Monreal, D. José Guerra Campos, D. Laureano Castán…
El primero y los dos últimos prologarían libros suyos, y con este
último se confesaría de forma bastante habitual. También inició
una serie de contactos con altas autoridades del Estado, principalmente
con Francisco Franco y el almirante Carrero Blanco, y llegó a tener
conversaciones íntimas de temas espirituales con aquél. Gracias a
sus buenas gestiones y a la Dirección General de Asuntos Religiosos,
obtuvo ayudas económicas considerables para la Orden de San Jerónimo
en sus ramas masculina y femenina y para algunos conventos y monasterios
femeninos de otras Órdenes.
Puso
todo su empeño en una pequeña fundación jerónima en Salamanca: una
casa para que pudieran residir los monjes designados para realizar sus
estudios en la Universidad Pontificia, que por entonces vivía un momento
de esplendor. Sería el Colegio Mayor de Nuestra Señora de Guadalupe,
en recuerdo del que había tenido la Orden con la misma finalidad en
esa ciudad hasta la Desamortización de Mendizábal. No aspiraba a emprender
más fundaciones hasta que la Orden se consolidase, pero el ofrecimiento
insistente de antiguos monasterios jerónimos por parte del Estado le
llevó a aceptarlos: en 1956 asumió la fundación de San Isidoro del
Campo (Santiponce, Sevilla). Ese mismo año, a petición de la Madre
Cristina de la Cruz de Arteaga a la Santa Sede, presidió el Capítulo
de la Federación de las monjas jerónimas (Federación de Santa Paula)
que se acababa de constituir.
En
1958, el Padre Lugo aceptó la restauración de San Jerónimo de
Yuste, del que se convirtió en su primer prior por iniciativa
de monseñor Bueno Monreal, una vez relevado del mismo oficio en El
Parral; al no haberse podido llevar a cabo la fundación en el centenario
de la abdicación del Emperador Carlos, se efectuó ahora en el de su
muerte. En 1964 se realizó la fundación de Santa María de los Ángeles
en Jávea (Alicante), del que igualmente fue hecho prior; este cenobio
se enclavaba en uno de los puntos donde se había iniciado la vida jerónima
en el siglo XIV en España. En 1965 obtuvo el magnífico monasterio
de San Jerónimo de Granada, fundado por el Gran capitán don Gonzalo
Fernández de Córdoba; pero de los monjes acabaría pasando a las monjas
no mucho después. En 1969 se celebró el I Capítulo General de la
Orden restaurada y fue designado superior General de la misma. Acerca
de la vida monástica jerónima promovió la elaboración de un hermoso
libro, redactado por su antiguo profesor de periodismo Antonio Ortiz
Muñoz e ilustrado con fotografías, Los caballeros encerrados (monjes
jerónimos) (Madrid, 1961), y él mismo escribió un breve y bonito
libro en género epistolar como “Un monje jerónimo”, titulado
Ven. Los hombres de hoy te necesitan (Madrid, 1962).
Desde
la segunda mitad de los años 70 y sobre todo en los 80, por motivos
que no es oportuno relatar ahora, Fray Antonio de Lugo pasó a una posición
propiamente de segundo plano y fue quedando sin cargos en la rama masculina,
pero mantuvo una situación destacada en la femenina por la confianza
permanente de la M. Cristina de Arteaga. Precisamente por entonces,
la crisis general de la Iglesia en el período posconciliar se unió
a dificultades internas en la Orden y hubo de procederse al cierre de
los monasterios de Santiponce y Jávea. No es el momento de entrar en
mayores detalles sobre estas cuestiones ni de hacer determinadas valoraciones
acerca de lo que sucedió.
Junto
con todo esto, razones de enfermedad le llevaron desde esas fechas con
relativa frecuencia a un tratamiento médico en Madrid, donde realizaría
una notable labor de apostolado entre las personas que se acercaban
a él, en conferencias y en la redacción de numerosos artículos de
tema espiritual para diversas revistas y periódicos.
Desde
el año 2002 permaneció definitivamente retirado en Yuste por
motivos de agravamiento de su salud (enfermedad de alzheimer). En el
verano de 2009 fue trasladado a El Parral, pero sufrió una neumonía
y fue hospitalizado en Madrid. Aunque se recuperó, la salud quedó
ya seriamente dañada y finalmente falleció el día 9 de diciembre
de 2009. Fue enterrado en El Parral el día 11 del mismo mes, memoria
de San Dámaso: el Papa que escogió como consejero a San Jerónimo
y que le encomendó la traducción de la Sagrada Escritura al latín
(Vulgata) que, entre otros motivos, le ha hecho famoso. La Iglesia
también celebra en este día la memoria de Santa Maravillas de Jesús,
por quien el P. Lugo tenía una gran admiración y con quien compartía
una comprensión tradicional de la vida religiosa.
Obra escrita
y rasgos de su pensamiento
La
línea de pensamiento del P. Lugo es claramente tradicional, como lo
refleja su gran amistad con obispos ya mencionados y con religiosos
destacados de la época de la crisis posconciliar, que lucharon igualmente
frente a los efectos de ésta: los PP. Oltra (franciscano), Pérez Argos
y Bidagor (jesuitas los dos), los grandes teólogos Victorino Rodríguez
(dominico) y Bernardo Monsegú (pasionista, director de la revista
Roca Viva), etc., y con la Hermandad Sacerdotal Española. Asimismo
tuvo buena amistad con el P. Leocadio Galán Barrena, fundador de los
“Esclavos de María y de los Pobres” en Alcuéscar (Cáceres), una
Obra de religiosos varones orientada a la vida contemplativa de inspiración
benedictina combinada con la acción social para la promoción del ámbito
rural extremeño.
Acogió
con agrado las enseñanzas del Concilio Vaticano II acerca de la renovación
de la vida religiosa, entendiéndolas desde la fidelidad a la Tradición
y distinguiendo esta auténtica doctrina respecto de los errores de
tendencia secularizadora, especialmente venidos del Concilio Pastoral
Holandés de 1970. Fue esto lo que le condujo a escribir uno de sus
libros más importantes, El santo propósito (Madrid, 1979, publicado
por Roca Viva).
Según
hemos dicho, desde la segunda mitad de los años 70 emprendió
una importante labor apostólica y cultural impartiendo conferencias
que se le solicitaban y en la redacción de numerosos artículos de
tema espiritual para diversas revistas de línea tradicional (Iglesia-Mundo,
Roca Viva,…) o de estudios de espiritualidad (Vida espiritual…)
y periódicos (El Alcázar y luego La Nación). Algunos
de estos artículos fueron recopilados en libros: En tierra firme
(Madrid, 1981) y Estirpe de Dios (Madrid, 1982), ambos publicados
por la Editorial Fuerza Nueva, con cuyo fundador, D. Blas Piñar, siempre
guardó una estrecha amistad y afinidad de pensamiento, además de escribir
con cierta frecuencia en la revista del mismo nombre. Dicha editorial
había publicado antes El precio de una victoria (Madrid, 1979),
donde se recogían preciosos testimonios martiriales de los años de
la guerra. Previamente, en 1974, había sacado a la luz una obra de
tema parecido en la editorial Roca Viva: Martirologio español.
En
1986 aparecería su último libro, Sexualidad y madurez personal
(publicado por Roca Viva) fruto de unas conferencias para jóvenes:
el tema había atraído su atención desde los años juveniles, pero
cada vez le interesó más ante la desorientación creciente que estaban
sufriendo las jóvenes generaciones, hacia las que él sabía exponer
estos asuntos de forma clara y directa, sin complejos ni remilgos, pero
con doctrina segura.
Como
“Un monje jerónimo”, había publicado dos obras: la ya citada
Ven. Los hombres de hoy te necesitan (Madrid, 1962), y una biografía
espiritual: María Teresa. Fisonomía de un alma grande (Madrid,
1964), ambas en la editorial Studium. Hay que sumar también algunos
artículos sobre la vida jerónima en diversas obras o en revistas de
estudios monásticos como Yermo, hoy desaparecida.
Tenía
un gran amor a España, pues entendía el patriotismo como lo que es:
como una virtud derivada del cuarto mandamiento de la Ley de Dios, de
la piedad filial, del amor a los padres. Como religioso que era, no
se dedicó a la política, pero sí tenía claros unos principios acerca
de los fundamentos religiosos y morales de la acción política y compartía
el entusiasmo de los seglares comprometidos en varias organizaciones
de acentuado patriotismo y que proponían programas acordes con la Doctrina
Social de la Iglesia. No aceptaba el “mal menor” y detestaba las
actitudes de los políticos que, definiéndose como católicos, no sólo
no incluían en sus programas la lucha abierta contra el aborto y otras
lacras de la sociedad actual, sino que incluso llegaban a aceptar la
situación legal existente al respecto.
Rasgos de
su espiritualidad
Como
rasgos más sobresalientes de su espiritualidad, cabe destacar ante
todo su hondo enamoramiento de Jesucristo, del sacerdocio y de la vida
monástica jerónima. Su amor a Cristo se cifraba ante todo en su entrega
como sacerdote y monje, con un amor profundo a la Orden de San Jerónimo
y a toda la Iglesia. Vivía intensamente la Santa Misa y le gustaba
celebrarla en latín y de cara al Señor en el rito nuevo o ahora denominado
“forma ordinaria del rito latino”. Asimismo, ya desde antes de ingresar
en el Seminario, vivía con intensidad los tiempos de oración contemplativa
ante Jesús Sacramentado en el Sagrario, pasando largos ratos con gran
gozo y paz y recibiendo fuerzas para el día a día. Antes de ser prior
de El Parral, con permiso del superior, se quedaba en aquella fría
iglesia en oración privada después del Oficio de Maitines (pues los
jerónimos entonces, al igual que lo siguen haciendo los cartujos, partían
el sueño a medianoche) hasta que toda la comunidad se levantaba definitivamente
por la mañana. Al ser designado prior, ante la sobrecarga de trabajo
y de preocupaciones que se le vino encima, hubo de dejar esta práctica
para poder descansar de manera suficiente. Disfrutaba mucho con la oración
de los Salmos en el Oficio Divino, pues de ellos extraía meditaciones
y consideraciones para otros momentos del día.
El
amor a Jesucristo le introducía en el misterio de la Santísima Trinidad,
desde el cual trataba de configurar buena parte de la vida cristiana.
Era muy consciente de la grandeza de la inhabitación trinitaria
en el alma en estado de gracia. A este respecto hacía algunas consideraciones
preciosas y las tiene recogidas en varios de sus artículos.
La
devoción a la Santísima Virgen es otro rasgo característico de su
vida espiritual. Además del rezo del Santo Rosario, tenía un tierno
amor filial hacia Ella que se manifestaba de muchas maneras.
Le
atraía especialmente la teología moral, pero cada vez más fue dedicándose
a los temas espirituales. El conocimiento de las obras de San Juan de
la Cruz y de Santa Teresa de Jesús enriqueció mucho su penetración
en la teología espiritual, tal como lo refleja en numerosos artículos.
Valoraba mucho asimismo a la Madre Ángeles Sorazu, gran mística concepcionista,
no todo lo conocida que merece serlo. Fue desde pronto un devoto lector
y admirador también del Hermano Rafael, hoy ya San Rafael Arnáiz,
al que estimó como modelo juvenil y de vida monástica.
Quiso
inculcar en sus monjes un profundo amor a las antiguas fuentes escritas
de la Orden, especialmente las obras de Fray José de Sigüenza, para
que las conocieran y desde ellas se pudiera restaurar el espíritu con
que vivieron los jerónimos de otros tiempos. Además, una de sus ilusiones
al enviar a estudiar a algunos monjes a Salamanca, era constituir un
equipo para la traducción y la edición crítica de las obras de San
Jerónimo en latín y español; sin embargo, la sucesión inesperada
de ciertos acontecimientos impidió llevarla a cabo de momento.
En
relación con esto, hay que añadir que, si bien estimaba mucho la labor
intelectual en la vida monástica, valoraba inmensamente también la
sencillez y la dedicación al trabajo y a la oración de los hermanos
legos, ya desde la obediencia ejemplar que percibió en los que quedaban
de la primera fase de la restauración de la Orden. Apreciaba de corazón
al inolvidable portero de El Parral que muchos hemos tenido la dicha
de conocer, Fray Marciano, del que decía: “Fray Marciano es un santo,
un auténtico santo. Es una de esas personas de las que uno puede decir:
he conocido a un santo” (valoración que era asimismo general en Segovia
y compartida igualmente por todos cuantos le conocimos).
Entendía
la vida contemplativa como una vida de entrega al Amor de Dios con sentido
universal, al modo de Santa Teresa de Lisieux. De hecho, fue así
como vislumbró la llamada de Dios a la vida monástica: antes de ingresar
en el Seminario de Madrid y una vez dentro de él, sentía un inmenso
deseo de llegar a todas partes, de anunciar a Cristo a todos los hombres
y pueblos de la Tierra. Le llamaba la atención un anuncio que había
entonces por las calles: “El mundo en tus manos”. Eso era lo que
él ansiaba: tener el mundo en sus manos para llevar a Cristo a todo
él. Por eso, cuando en el Seminario oyó hablar de la restauración
de la Orden de San Jerónimo y del modo de vida de aquellos monjes,
dedicados a la oración y el trabajo, a la continua alabanza divina
en el coro, en la oración personal y en sus ocupaciones cotidianas,
percibió al instante que aquello era lo que él venía anhelando y
que ahí estaba el lugar desde el cual, por medio de su entrega escondida
al Señor, podría llegar al corazón de todos los hombres.
A
partir de la desorientación posconciliar, sufría profundamente al
observar la crisis de la vida religiosa y la tendencia de secularización
o mundanización de la misma, así como la evolución moral de España
y del Occidente. A día de hoy, recordando los pronósticos que hacía,
puede decirse que, o bien fue un auténtico profeta de muchas de las
cosas que estamos viviendo, o bien tenía una percepción clara y previsora
de la realidad. Pero supo enfocar ese dolor desde lo que denominaba
“espiritualidad y teología de la aceptación”, que había aprendido
en sus padecimientos físicos (las dolencias venidas a raíz de un accidente
en la hospedería de un convento de monjas, cuyo techo se desplomó,
y que harían que tuviera que asistir periódicamente a revisiones médicas
a Madrid) y en los sufrimientos morales que secretamente llevó consigo,
causados por algunas actitudes humanas que siempre quiso disculpar o
silenciar. Su respuesta ante estas adversidades originadas por los hombres
fue un trilema que hizo suyo hasta la médula y que no deja de poner
el vello de punta: “Orar, sufrir y callar”.
Dentro
de su gran amor a la vida religiosa, a una vida consagrada por completo
al Señor, se inserta el sincero amor al hábito religioso, que siempre
llevó consigo dentro y fuera del monasterio. Le dolía hondamente ver
a los religiosos sin el hábito y le gustaba recordar que el Concilio
Vaticano II había dado una magnífica definición del mismo como “signo
de consagración” (signum consecrationis, en Pefectae caritatis,
n. 17) y que así lo habían reafirmado Pablo VI (Evangelica testificatio,
n. 22) y Juan Pablo (Vita consecrata, n. 25). Incidía no pocas
veces en el hecho de que las tendencias secularizadoras de la vida religiosa
habían comenzado por suprimir el hábito y detrás de ello había venido
el derrumbe completo de todo lo demás: “tan poco importante no debe
de ser, cuando es lo primero por lo que comienzan”, decía. En su
hábito jerónimo blanco y pardo veía representados el ser y la historia
de su Orden: por eso siempre lo llevó con amor y devoción.
Son
dignos de admiración el espíritu de sacrificio y la austeridad con
que vivió en todo momento, fiel al estilo monástico más puro.
Uno de los hechos más expresivos es tal vez que, siendo prior de El
Parral desde 1946, cuando se encontró de repente y por sorpresa con
las serias dificultades económicas en que se hallaba el monasterio
(una deuda de más un millón de pesetas de entonces), llevó consigo
esa carga sin querer preocupar a la comunidad hasta que pudo ir resolviendo
la situación de las cuentas. Y cuando en aquellos años de deudas los
médicos le mandaban ciertas medicinas, preocupados por el peligro del
deterioro de su salud, se guardaba las recetas y no compraba las medicinas.
Sin embargo, cuando algún monje necesitaba un medicamento, siempre
facilitó su compra y velaba por su salud. Dedicaba a sus monjes todo
el tiempo que precisaran en consultas personales, aun robándose tiempo
de sueño si las necesidades de los mismos lo requerían.
Este
espíritu severo consigo e indulgente con los demás en las necesidades
físicas, propio de una sabia discretio monástica (la moderación
o discreción, el saber dar a cada uno lo que necesita), es el que le
llevó, como prior de El Parral, a suavizar e incluso eliminar algunas
austeridades que consideraba excesivas para la salud en la vida de los
jerónimos de entonces y que no eran propias de la tradición de la
Orden, sino introducidas en los años de la restauración (en los 40).
Por ejemplo, los monjes dormían simplemente sobre una tabla de madera
y con un número limitado de mantas: el P. Antonio dispuso en adelante
colocar un jergón sobre la tabla, al modo de los cartujos, y que cada
monje pudiera utilizar cuantas mantas necesitase. Otro dato: el régimen
alimenticio era muy poco variado y escasamente nutritivo: Fray Antonio
acabó estableciendo una mayor variedad de comidas y una atención a
una dieta sana para la salud, incluso con postre. Tal es así, que un
monje le objetó: “Padre, nos vamos a relajar”. Pero él le explicó
que esto no significaba relajarse, sino que, dentro de la austeridad
monástica, era un deber cuidar de la salud y de la alimentación.
Sus
desvelos por el bienestar de las monjas fueron similares a los habidos
hacia los monjes. En palabras de la M. Cristina de la Cruz de Arteaga
al relatar la fundación femenina de Almodóvar del Campo: “Allí,
como en otros muchos de nuestros monasterios, sentíamos la ayuda del
padre Antonio de Lugo, primero prior del Parral, luego de Yuste y después
procurador general de la Orden, a la que asistía con repetidos favores
conseguidos del Estado, que es justo recordar”.
Delicado
y muy educado en el trato, era firme y recio en la defensa de los principios.
Era
indudablemente una persona carismática. En su ancianidad aún seguía
teniendo un poder de atracción para los jóvenes y mostraba una gran
facilidad de conectar con ellos. Asimismo, sabía tratar con personas
de condición muy diversa y adecuar el lenguaje todo lo necesario: tanto
con personas intelectuales como con otras de un nivel social y cultural
muy sencillo. No dejaba de ser simpático el uso sabio y adecuado de
algunos “tacos” cuando veía que la oportunidad los requería.
He
escuchado testimonios muy hermosos de su enfermedad final. Habiendo
perdido el raciocinio en los últimos años, y junto a anécdotas que
pudieran estar a un mismo tiempo entre lo gracioso y lo doloroso, como
es propio de estas enfermedades, el superior actual de los jerónimos
me ha dicho en varias ocasiones: se hizo como un niño, y a la vez se
descubría en él al monje; le salía de dentro el monje en muchas ocasiones,
no sólo en el fondo de piedad que se descubría en su corazón, sino
en sus propias actitudes, en el carácter.
Era
un auténtico monje y lo fue hasta la muerte.
Reconocimiento
personal
Dios
me concedió la dicha de poder conocer y tratar a Fray Antonio
de Lugo durante diez años en sus estancias en Madrid por causa médica
y en Yuste. De él aprendí mucho y a él le debo buena parte de
mi amor a la vida monástica y al sacerdocio: contribuyó en una medida
no pequeña a forjar mi vocación y a que comprendiera la vida religiosa
conforme a la riqueza de la Tradición de la Iglesia. Sus enseñanzas
resultaban coincidentes con lo que yo mismo aprendía de la Historia
monástica y leía en los autores monásticos desde sus orígenes, desde
los “Padres del Desierto”, y con lo que había oído en mi casa
en relación con la vida religiosa. Por eso siempre consideré que él
tenía la razón en lo que decía y defendía, frente al caos y la mediocridad
“progre” y secularizadora y a la confusión que ese ambiente había
ocasionado en tantas almas buenas que se habían dejado arrastrar por
carecer de un criterio más sólido.
Él
estimuló prudentemente mi vocación, con los pasos adecuados y oportunos,
a la vez que me moderó en algunos ímpetus juveniles, sobre todo en
temas de mortificación física. Enardecía en mí el amor a Jesucristo:
sabía cómo excitarlo y lo hacía. Cuando salía de hablar con él,
lo hacía refortalecido; otra cosa era que mi debilidad humana de entonces
me hiciera luego flaquear en los propósitos vocacionales. Al cabo de
los años, he visto que me conocía bien y sabía cómo ir conduciéndome.
Una de las mayores alegrías que he tenido en mi vida me la dio él
de una manera bien sencilla. Cuando le pregunté en cierta ocasión,
después de que él se venía mostrando muy prudente en decirme a las
claras si tenía o no vocación monástica: “¿Cree usted sinceramente
que tengo vocación?” Se detuvo, me miró y me dijo rotundamente:
“Sí”. Y añadió: “Que te cueste dejar las cosas, no quiere decir
que no tengas vocación. Ésa es precisamente una señal de que tienes
verdadera vocación”.
Él
me animó a completar la carrera universitaria de Geografía e Historia
en vez de dar un paso precipitado a la mitad de la misma. Y cuando yo
ya pensaba casi dar el paso a la vida religiosa, al término de la carrera
y del Servicio Militar como alférez de Infantería, consideró que
era de Dios que previamente elaborara la tesis doctoral. Seguí fielmente
su consejo. Gracias a él obtuve el título de Doctor, del que siguiendo
también sus enseñanzas y por gracia del Señor puedo decir de corazón
que no me he envanecido, sino que he querido ponerlo en todo momento
al servicio de Dios y de la Iglesia.
No
ingresé finalmente en su Orden, como tampoco lo hice en la Cartuja
a la que dediqué mi tesis doctoral, porque Dios me condujo por otro
camino y lo hice en la de San Benito. A veces me quedó inicialmente
la pena de no proporcionarle en sus últimos años la alegría y la
satisfacción de verme jerónimo. Sé que tenía puestas muchas esperanzas
en mí, fruto de su cariño hacia mí, más que de mi valía real. No
obstante, jamás me sentí presionado por él y en todo momento quiso
dejarme libertad en mi decisión última, fuera la que fuera. El Señor
sabe por qué guía a las personas por senderos distintos de los a veces
pensados en un primer momento. En cualquier caso, gracias al P. Antonio
llevo muy dentro de mi corazón un sincero afecto a la Orden de San
Jerónimo y a todos sus monjes y aprendí a amar a todas y cada una
de las Órdenes religiosas y muy singularmente las monásticas. Al igual
que yo, no pocas personas le deben mucho en su vida. Que el Señor le
tenga en cuenta todo el bien que hizo y se digne hacerle partícipe
de su gloria eterna en el Cielo. Después de una vida entregada a Él
en plenitud (91 años de edad, 68 de vida monástica y 63 de sacerdote),
merecidamente requiescat in pace·- ·-· -······-·
Santiago Cantera Montenegro, O.S.B.
***
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