Arte colonial, es aquel que se desarrolla en la América
hispánica, desde el S. XVI hasta el S. XVIII, es decir, desde la Conquista y
consolidación española hasta el proceso de Independencia de América del Sur.
El período de formación del arte colonial propiamente dicho,
podría acotarse, a grades rasgos, a los primeros tres tercios del S. XVII,
observándose durante este período una especial dependencia de los estilos
imperantes en Europa. La formación de las escuelas regionales comenzará a
gestarse durante el último tercio del S. XVII, pero se manifestará de manera
más clara a lo largo del S. XVIII.
Se pueden distinguir dos grandes áreas, la escuela de Nueva
España y la escuela de de Cuzco, a las que hay que añadir otras destacables
como las escuelas de Quito y Nueva Granada.
A grandes rasgos, el Arte Colonial se caracteriza por tener
cierta dependencia de los estilos y autores europeos, cierto desfase o
conservadurismo estilístico con respecto a Europa y tendencia al colorido, al
decorativismo y al tratamiento amable de los temas.
Podemos acercarnos al Arte Colonial americano del Museo
madrileño a través de varios bloques de contenido:
Bloque I: Técnicas y materiales pre-hispánicos e
iconografía europea.
Bloque II: Relaciones entre América y Asia
Bloque III: El modelo europeo:
a) S. XVII
b) S. XVIII
Bloque I: Técnicas y materiales pre-hispánicos e
iconografía europea
La plasmación de motivos de origen europeo a través de
técnicas y materiales de la época pre-hispánica, se debe a diversas razones,
entre las que podríamos destacar:
- Para llegar más fácilmente a los indígenas, con una
técnica familiar para ellos, aunque con iconografías, lógicamente, cristianas y
occidentales.
- Para llamar la atención en Europa, a las potencias
cristianas, de la posibilidad de evangelización en América, de miles de nuevas
almas. De ahí que se remitan muchas de estas obras de artesanía a distintas
cancillerías y notables laicos o eclesiásticos del Viejo Continente.
-Los
nuevos materiales eran la forma de presentar los logros de la Evangelización:
las técnicas indígenas, se ponen al servicio de Dios y de la Iglesia.
Una de las técnicas más significativas, será la de la
plumaria
Ésta
técnica sería ya utilizada en la era pre-hispánica, siendo conocidos los
artesanos dedicados a esta manufactura como amantecas, por residir en el
barrio de Amantla.
A la
llegada de los españoles, el fraile franciscano Pedro de Gante, fundaría una
escuela para enseñar nuevas temáticas, pero conservando las técnicas indígenas,
lo que nos indica que los españoles, lejos de acabar con la cultura nativa, la
impulsaron, reorientando simplemente la demanda y los motivos.
En la
Armería del Palacio Real de Madrid, podemos disfrutar de una magnífica adarga
del S. XVI en la que se representan diversas notables batallas de la Historia
de España, realizada con la técnica de la plumaria. En el Museo de América, por su parte, podemos ver diversas obras, como un San
Gregorio Magno o un San José con el Niño confeccionados en el S. XVII,
auténtico trabajo de miniaturismo, en el que los colores son el fundamento para
crear volumen, dado que esos colores se aplican de manera que generen luces y
sombras.
Bloque II: Relaciones entre América y Asia
Enconchados
Los
enconchados del Museo de América materializan la atracción que los europeos
sintieron por la artesanía oriental – no podemos olvidar el intenso comercio
entre Oriente y América a través de los puertos de Manila y Acapulco; no en
vano, esta técnica se desarrolla en Méjico - y como en el caso señalado,
asistimos a una mezcla de técnicas asiáticas con motivos europeos.
En el
enconchado se utiliza nácar, es decir, la parte interior de algunos moluscos,
aplicándose después una capa pictórica muy fluida al óleo, especialmente en las
manos y el rostro de los personajes.
Los
enconchados comienzan a realizarse durante la segunda mitad del S. XVII y hasta
las primeras décadas del S. XVIII, alcanzando gran popularidad en España, donde
podemos encontrar este tipo de piezas en conventos de Toledo, Guadalajara,
Valladolid o en las Descalzas Reales de Madrid.
Sin duda, la pieza más notable es
la serie de la Conquista de Méjico realizada a
finales del S. XVII por los hermanos Miguel y Juan González, pero tampoco
podemos olvidar una serie con pasajes del Nuevo Testamento.
Biombos, como los llamados del
Palacio de los Virreyes o el del Palo Volador, - que, por su parte, nos ofrece
gran información etnográfica y artística del Méjico colonial, o las bateas de
laca mejicana o maque, de discutido origen pre-hispánico, pero de gusto
más bien oriental, nos ofrecen, una amplia perspectiva de las relaciones
culturales, comerciales, económicas y artísticas de la América Colonial del S. XVII, en absoluto cerrada sobre sí misma.
Bloque III: El modelo europeo:
a) S. XVII
De Alonso López de Herrera, podemos admirar una Anunciación
pintada en óleo sobre lienzo en 1637 y proveniente de Méjico. Oriundo de
Valladolid y quizás hijo del también pintor Alonso de Herrera, su ya anacrónico
estilo manierista quizás contribuyera a empujarle a América, ante la falta de
encargos en la Península.
También en el área cuzqueña,
y por influencia del pintor y jesuíta italiano Bernardo Bitti, asistimos
desde 1583 a la introducción del manierismo en el Virreinato de Lima, si bien,
la figura del indio Diego Quispe Tito, nacido en 1611 y activo casi hasta
finalizar el siglo, marcará nuevas tendencias en el arte colonial cuzqueño,
dando pie a la respectiva escuela pictórica. Destacamos, dentro de la misma, el
óleo dedicado al Arcángel San Rafael, perteneciente a las series, tan
características del área andina, de los Ángeles arcabuceros.
Respecto a la escuela quiteña, destacaríamos el Retrato
de mulatos de Esmeraldas, Don Francisco de la Robe y sus hijos Pedro y Domingo,
pintado por el indio Andrés Sánchez Galque en 1599, que tantas y tan
sugerentes historias y lecturas nos ofrece.
Por último, un
área marginal en comparación con las grandes capitales de la América hispánica,
Guatemala, nos ofrece una obra anónima sobre la Conquista y reducción de
indios infieles de montañas de Paraca y Fantasma, de cuya exactitud
topográfica y etnográfica, podemos extraer abundante información sobre la
actividad misional europea en tierras americanas. Si bien, por su naturaleza,
puede llegar a ser minusvalorada desde el punto de vista artístico, no podemos
pasar por alto que procede de las Colecciones Reales, al haber sido un regalo
hecho a Carlos II Habsburgo.
b) S. XVIII
La época de la Ilustración, el Racionalismo, el cientifismo
y la taxonomización del Cosmos, nos va a dejar en Méjico los conocidos como
cuadros de raza, de los cuales, podemos admirar varios ejemplos.
Quizás uno de los más sugerentes sea el óleo sobre Atribuido
a Manuel Arellano, ejecutado en 1711, y que se expone bajo el título de India
chichimeca
Los indios
chichimecas eran cazadores nómadas que se dedicaban a realizar incursiones
sobre indios sedentarios y españoles, por lo cual, odiados y temidos, solían
ocupar el escalón más bajo en las galerías de tipos y razas. Sin embargo, la
representación que nos hace Arellano de esta india chichimeca, nos recuerda que
el Dios llevado por los españoles está abierto a la Humanidad entera, pues
todos somos Hijos de Dios y estamos inclinados a su Gracia.
Así, dispone
la figura de la india y su hijo, en tres cuartos, en primer plano, observando
casi desde abajo y sobre celaje de tonos azules y blancos, de tal manera que la
figura queda monumentalizada; de hecho, se nos presenta casi como una Virgen
con Niño, siguiendo el modelo del Niño con pajarito, aunque en éste caso,
acompañado de un ave exótica. Arellano, o el comitente de esta obra, quizás
quiere transmitirnos que los chichimecas son bárbaros – al fin y al cabo,
aparece con escarificaciones en su rostro -, pero como seres de Dios, poseen en
potencia la virtud, de modo que podrían ser evangelizados e incorporados a la
Iglesia y a la obra civilizadora española.
Por su parte, aunque más propios de Méjico, también en
Ecuador se pintan cuadros de razas, como los ejecutados por Vicente Albán en
1783, por encargo del José Celestino Mutis, auténtica enciclopedia visual de
Historia Natural, recursos y personas del área quiteña.
Por su parte, de Bolivia, nos llega un magnífico cuadro de Melchor
Pérez Holguín, la Entrada del virrey-arzobispo Morcillo en Potosí,
pintado en 1718, con gran carga simbólica e institucional, pero con notables
detalles de la vida y costumbres del Alto Perú.
Una preciosista y decorativista Inmaculada de José de
Ibarra, el «Murillo Mexicano», de la primera mitad S. XVIII, retratos de
Sor Juana de la Cruz, uno de ellos, dentro del género de ‘monjas coronadas’,
las siempre sorprendentes pinturas del también mejicano José de Paez, como El
Buen Pastor, una sensacional Adoración de la Eucaristía – acompañada
de una soberbia custodia en plata dorada y esmaltes, ambos del área andina,
piezas de arte que ponen de relieve la riqueza minera de la zona -, un
churrigueresco retablo con San José y el Niño, o Cristos tan significativos y
populares en América como el Cristo de los Temblores o el Cristo de Esquipulas,
nos ofrecen intensas pinceladas de lo que fue la América Colonial hispánica.
La fastuosa maqueta de la Catedral de Méjico, alarde técnico
y artístico, y materialización en piedra, estética y esfuerzo de lo que la
colaboración de los españoles de la Península y los españoles americanos,
juntos, eran capaces de hacer, o las representaciones de la Virgen de Guadalupe,
que nos recuerdan la gran empresa común por Ella bendecida, hacen del Museo un
magnífico punto de encuentro en el que recordar, precisamente durante este año
2010, lo que un día fue la América española. ·- ·-· -······-·
Jorge Martín Quintana
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